

El P.Q. invita a cada una de las parroquias de nuestra diócesis a renovarse en su ser y misión, para que nazcan, se formen y vivan los discípulos de Jesucristo.
La renovación es un común sentir de los pastores, fieles y de la Iglesia en general. El Espíritu que ha soplado a través de la voz de nuestras vicarías nos sugiere unas luces del querer de Dios para el hoy de nuestras parroquias.
Una parroquia renovada se identifica por su dimensión de “casa” cuando favorece el ambiente de familia, de acogida, de fraternidad, comunión y participación de sus miembros. La dimensión de comunión esencial a la vida cristiana pasa por la experiencia humana del acompañamiento, la celebración y la amistad (P.Q. 162).
Como obra del Espíritu, la parroquia vive un pentecostés permanente. Suscita carismas y ministerios en los discípulos, quienes por la oración, la caridad y el apostolado misionero acrecientan el cuerpo de Cristo en cada comunidad (P.Q. 170).
Una parroquia renovada se identifica por su dimensión de “escuela” cuando hace presente la escuela de Jesús, que forma integralmente los discípulos mediante una experiencia de encuentro con el Señor. Aquí nace el mandato esencial que guía la vida parroquial: formar personas, comunidades y comités al servicio del evangelio. (P.Q. 175)
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Antes de hacer cualquier cosa, hay que discutirla; antes de toda acción, hay que reflexionar. La raiz de las desiciones es la voluntad: de ella se derivan cuatro ramas: bien y mal, vida y muerte, y todo esta bajo el dominio de la lengua. (Eclo Cap 37 vers 16-18)